Lucas 12, 49-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.
Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».
Comentario
Un bautismo de tinieblas
Tras haber sido bautizado por Juan, en dos ocasiones habló Jesús de un segundo bautismo reservado para Él. La primera vez preguntó a Santiago y Juan: ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar? (M 10, 38). La segunda la leemos en el evangelio de hoy: Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
«Bautismo» significa «baño». Y ese segundo bautismo de Cristo es la Cruz. Es un bautismo terrible, un bautismo de tinieblas. Jesús tenía que ser sumergido en los pecados de los hombres, sufrirlos uno a uno, del primero al último, para presentar a su Padre el inmenso dolor de su corazón herido. Sólo así podría rescatar a quienes estábamos presos de esos pecados a causa de nuestra infidelidad.
Nosotros sólo somos bautizados una vez. Y, en ese bautismo, somos bañados en la Pasión de Cristo y amanecemos a su vida. Por eso, no te extrañe si vives como sumergido en tinieblas, pues vives bañado en Él. Busca, en medio de esas tinieblas, su mano llagada. Ella te conducirá a la superficie de las aguas, al Cielo.