Ignacio Domínguez. El Salmo 2. Ed. Palabra, Madrid, 1977
«Ego constitutus sum rex» Jesucristo, Rey del Universo.
El reinado de la muerte
Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado, la muerte (Rom 5, 12). Et regnavit mors: reinó la muerte; es decir,
reinó la brutalidad de los que se enfurecían, de los que meditaban planes vanos, pensando ser como Dios;
reinó la insolencia de los que —asesorados por el demonio— se pusieron de acuerdo para contrariar los preceptos de Dios;
reinó el programa negativo de los que gritaban: «rompamos sus cadenas, destrocemos su yugo».
Reinó la muerte: y los hombres quedaron sometidos a su reinado.
Haec est, mors, victoria tua; hic est, mors, stimulus tuus (1Cor 15, 55): la victoria de la muerte, el aguijón de la muerte.
¡Regnavit mors!
Yo he sido constituido Rey
La escena, en el palacio de Poncio Pilato.
Jesucristo a un lado, y al otro Barrabás. En medio, el gobernador.
Fuera del pretorio —ut non contaminarentur: para no contaminarse—, (Jn 18, 28) la chusma, incitada por los príncipes y los Sumos Sacerdotes.
De pronto una pregunta:
¿A quién queréis que os deje libre: a Jesús, a quien llaman el Cristo, o a Barrabás? (Mt 27, 17).
Bramaron las gentes y los pueblos trazaron planes vanos contra el Señor y contra su Ungido. Y hubo un grito unánime: A Barrabás.
Otra pregunta de Pilato, contemporizador:
¿Y qué haré con Jesús, el Rey de los Judíos? (Mc 15, 12).
Se levantaron los reyes de la tierra, y los príncipes se pusieron de acuerdo. Y hubo otro grito unánime: ¡Crucifícalo!