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Detalles espirituales
Anterior 12 de septiembre de 2027 Siguiente

CON JESUS

Hablar con Dios
Francisco Fernández de Carvajal

Imitarle, vivir su Vida. Filiación divina

II. Después de la confesión de Pedro, Jesús manifestó a sus discípulos por vez primera que el Hijo del hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas y ser muerto, y resucitar después de tres días. Hablaba de esto abiertamente. Pero éste era un lenguaje extraño para aquellos que habían visto tantas maravillas. Y Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Entonces el Señor, dirigiéndose a Pedro, pero con la intención de que todos lo oyeran, le habló con estas durísimas palabras: ¡Apártate de Mí, Satanás! Son las mismas con las que rechazó al demonio después de las tentaciones en el desierto. Uno por odio y otro por un amor mal entendido, intentaron disuadirlo de su obra redentora en la cruz, a la que se encaminaba toda su vida y que habría de traernos todos los bienes y gracias para alcanzar el Cielo. En la Primera lectura de la Misa, Isaías anuncia, con varios siglos de antelación, la Pasión que habría de sufrir el Siervo de Yahvé: Ofrecí la espalda a los que me golpeaban (...). No oculté el rostro a insultos y salivazos.

El amor de Dios a los hombres se manifestó enviando al mundo a su Hijo Unigénito para que nosotros vivamos por Él; con su Muerte nos dio la Vida. Cristo es el único camino para ir al Padre: nadie viene al Padre sino por Mí, declarará a sus discípulos en la Ultima Cena. Sin Él nada podemos. La preocupación primera del cristiano ha de consistir en vivir la vida de Cristo, en incorporarse a Él, como los sarmientos a la vid. El sarmiento depende de la unión con la vid, que le envía la savia vivificante; separado de ella, se seca y es arrojado al fuego. La vida del cristiano se reduce a ser por la gracia lo que Jesús es por naturaleza: hijos de Dios. Ésta es la meta fundamental del cristiano: imitar a Jesús, asimilar la actitud de hijo delante de Dios Padre. Nos lo ha dicho el mismo Cristo: Subo a «mi» Padre y a «vuestro» Padre, a «mi» Dios y a «vuestro» Dios. Jesús vive ahora y nos interpela cada día sobre nuestra fe y nuestra confianza en Él, sobre lo que representa en nuestra vida. Y nos busca de mil maneras, ordena los acontecimientos para que el éxito y la desgracia nos lleven a Él. Y nos resistimos..., y quizá dirigimos en ocasiones la mirada hacia otro lugar. Por eso podemos decirle hoy con el soneto del clásico castellano: «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? // ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, // que a mi puerta, cubierto de rocío, // pasas las noches del invierno escuras?

»¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras // pues no te abrí! Qué extraño desvarío // si de mi ingratitud el hielo frío // secó las llagas de tus plantas puras.

»Cuántas veces el ángel me decía: // ¡Alma! ¡Asómate agora a la ventana // verás con cuánto amor llamar porfía!

»Y cuántas, hermosura soberana, // mañana le abriremos, respondía. // Para lo mismo responder mañana».
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